Hipica Can Joan

Joan Urpí:lejos de los focos y cerca de la verdadera defensa animal

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En Bellvei (Tarragona), lejos de los grandes centros ecuestres y de las campañas publicitarias sobre bienestar animal, existe un lugar donde los caballos siguen siendo tratados como parte de una familia. Se llama Hípica Can Joan, Cavalls i Natura, y detrás de ella hay una historia de esfuerzo, sacrificio y amor incondicional por los animales que merece ser contada.

Su propietario, Joan Urpí, no heredó una gran explotación, ni recibió ayudas millonarias. Construyó todo prácticamente con sus propias manos, levantando poco a poco una hípica que hoy continúa siendo un refugio para decenas de caballos y para las personas que encuentran en ellos una forma distinta de vivir.

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Joan compró una yegua de Pura Raza Española que, además, estaba preñada

Una yegua fue el comienzo de todo

Joan compró una yegua de Pura Raza Española que, además, estaba preñada. Aquel animal fue el punto de partida de una aventura que cambiaría completamente su vida.

En aquella época trabajaba en Cristalería Española, una empresa donde tener un empleo era considerado un auténtico privilegio. Sin embargo, decidió abandonar la seguridad de una nómina para apostar por un sueño.

Vivía en Calafell y aprovechaba cada minuto libre para desplazarse hasta Bellvei y construir, poco a poco, las instalaciones de lo que hoy es Hípica Can Joan.

«No os podéis imaginar los problemas que tuve para levantar esto», recuerda.

Primero llegó una cuadra. Después otra. Más tarde comenzaron los pupilajes, que permitían sufragar los gastos básicos de mantenimiento. Con el tiempo llegaron las clases, las rutas, las excursiones a caballo por la montaña y hasta salidas hacia la playa que hicieron de Can Joan un referente para muchas familias de la comarca.

Nunca fue un gran negocio.

Como reconoce Joan con absoluta sinceridad: «El que diga que con los caballos se hace dinero, miente.»

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No existen festivos, no existen vacaciones.
«No puedes desenchufar un caballo»

Vivir para los caballos

Hablar con Joan es descubrir una realidad que muchas veces permanece invisible.

Mientras buena parte de la sociedad duerme, alguien tiene que levantarse porque un caballo está enfermo. Cuando llega Navidad, Semana Santa o agosto, los animales siguen necesitando comer.

No existen festivos, no existen vacaciones: «No puedes desenchufar un caballo», resume. Y esa frase probablemente explica mejor que ninguna otra lo que significa dedicar una vida al mundo ecuestre. Hoy, con más de treinta caballos bajo su responsabilidad, continúa trabajando de lunes a lunes. No conoce otra forma de vivir.

«La hípica es toda mi vida.» No lo dice como una queja. Lo dice como quien ha aceptado hace muchos años que cuidar animales implica renunciar a muchas otras cosas.

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En CAN JOAN, se trata a cada animal, como si fuese el único.

Mucho más que una hípica

Quienes conocen Can Joan saben que nunca fue únicamente un lugar para montar a caballo.

Es un espacio donde familias enteras vienen con la idea de pasar el día. Los propietarios de caballos vienen con sus hijos. Muchos de esos niños descubrían por primera vez cabras, loros, aves o pequeños animales de granja.

Aprendiendo a respetarlos, a convivir con ellos, a entender que los animales no son juguetes, sino seres vivos. Joan recuerda con nostalgia aquellos días.

Explica que muchos niños llegaban desde Barcelona sin apenas contacto con el mundo rural.

«Les pedías que dibujaran un pollo y lo hacían ya preparado para cocinar. Los niños de aquí lo dibujaban corriendo por el prado con sus pollitos alrededor.»

Una anécdota que refleja una realidad cada vez más evidente: la desconexión entre las nuevas generaciones y el campo.

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Muchos de esos niños descubrían por primera vez cabras, loros, aves o pequeños animales de granja

La burocracia que amenaza a las pequeñas hípicas

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Niños que disfrutaban en el contacto con animales, que algunos solo habían visto en la TV

Sin embargo, esa forma de entender la hípica comenzó a complicarse. Hace menos de un año una denuncia provocó inspecciones administrativas que terminaron prohibiendo actividades que habían formado parte de la vida cotidiana del centro.

Excursiones, rutas, reuniones de familias con niños, cumpleaños. Todo quedó reducido prácticamente al pupilaje y al uso privado de las instalaciones.

Hoy cada propietario dispone incluso de un mando para poder acceder a las cuadras sin depender continuamente de Joan.

Son pequeños cambios que reflejan cómo la burocracia va estrechando el margen de maniobra de muchas pequeñas explotaciones familiares.

Cuando quienes dicen defender a los animales olvidan escuchar a quienes viven con ellos

La historia de Joan también invita a reflexionar sobre un fenómeno que afecta cada vez más al mundo rural: la creciente distancia entre quienes conviven diariamente con los animales y quienes pretenden regular todos los aspectos de su bienestar desde despachos y oficinas.

Conviene hacer una distinción que con demasiada frecuencia se ignora.

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La verdadera defensa animal no consiste únicamente en redactar normas, es mucho más que eso. Y eso pasa también por escuchar también a quienes llevan décadas sacrificando su vida personal por ellos.

Existe un movimiento de protección animal serio y necesario, gracias al cual se han combatido casos reales de maltrato y abandono. Su labor ha sido importante y ha contribuido a mejorar la legislación y la sensibilidad social.

Pero también existe un activismo que, en ocasiones, cae en una visión excesivamente ideológica o burocrática, donde cualquier relación tradicional entre personas y animales se observa con sospecha, sin valorar el contexto, la experiencia o la realidad de quienes dedican su vida a cuidarlos. Joan lo ha vivido en primera persona.

Durante años acogió diferentes animales perfectamente identificados y atendidos pero se los fueron quitando por diferentes denuncias y exigencias administrativas.

No cuestiona que las leyes deban cumplirse. Lo que le duele es que, con frecuencia, quienes toman determinadas decisiones nunca han dedicado ni un minuto a cuidar animales, y están aún más lejos de aquellos que dedican su vida entera. La verdadera defensa animal no consiste únicamente en redactar normas, es mucho más que eso. Consiste, sobre todo, en garantizar que los animales vivan bien. Y eso exige escuchar también a quienes llevan décadas sacrificando su vida personal por ellos.

Un refugio para las personas

Can Joan tampoco ha sido únicamente un refugio para caballos.

Ha sido un refugio para familias enteras. Cada fin de semana llegan propietarios que abandonan por unas horas el estrés del trabajo, los problemas familiares o las preocupaciones cotidianas.

Muchos encuentran en sus caballos una auténtica terapia emocional.

Joan lo observa desde hace años: “ Aquí vienen a descargarse.»

No hace falta añadir mucho más.

Quien haya convivido alguna vez con caballos comprende perfectamente esa frase.

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El bienestar animal, no siempre nace de los discursos.

Un futuro incierto

Joan tiene dos hijas.

Ambas disfrutan de los caballos, pero ninguna desea continuar con la gestión de la hípica.

Él lo entiende. Porque sabe mejor que nadie el enorme sacrificio que exige mantener un lugar así. No sabe cuánto tiempo permanecerá abierta Can Joan.

Quizá algún día termine vendiéndose y  desaparezca como han desaparecido tantas pequeñas explotaciones familiares. Y sería una pérdida que iría mucho más allá de una simple empresa. Porque lugares como éste conservan una forma de entender la relación entre personas y animales que difícilmente puede sustituirse con reglamentos o campañas institucionales.

Los auténticos guardianes del bienestar animal

En una época en la que el concepto de bienestar animal se utiliza con frecuencia en el debate público, conviene recordar una realidad sencilla. El bienestar no siempre nace de los discursos.

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Joan Urpí pertenece a esa generación de hombres que construyeron su vida alrededor de los caballos, personas que entienden el bienestar animal no como una teoría, sino como una responsabilidad diaria que se ejerce con las manos, con el tiempo y con el corazón

Muchas veces nace de personas anónimas que llevan toda una vida levantándose antes del amanecer para alimentar a sus animales, que conocen el carácter de cada caballo, que detectan una cojera antes de que sea evidente y que sacrifican fines de semana, vacaciones y descanso porque saben que un caballo nunca entiende de horarios.

Ese trabajo silencioso rara vez ocupa titulares. Pero constituye, probablemente, la expresión más auténtica del respeto hacia los animales.

Joan Urpí pertenece a esa generación de hombres que construyeron su vida alrededor de los caballos, no alrededor de las redes sociales ni de las consignas. Personas que entienden el bienestar animal no como una teoría, sino como una responsabilidad diaria que se ejerce con las manos, con el tiempo y con el corazón.

Quizá por eso Hípica Can Joan sigue siendo mucho más que una hípica. Es el testimonio vivo de que el verdadero amor por los animales no necesita proclamarse constantemente.

Simplemente se demuestra, cada día, durante toda una vida.