ENTREVISTA A MONIQUE VAN DER HORST

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Una vida entre caballos

¿Cómo comenzó tu historia con los caballos y cuándo decidiste convertir esa pasión en tu profesión?

Mi historia con los caballos empezó de una forma bastante simple. Mi hermana montaba y, cuando yo tenía cinco o seis años, me montaron sobre un caballo español, un tordo con unas crines larguísimas. Se llamaba Festivo. Me montó un chico y me llevó a galopar por los alrededores de L’Estartit, en Gerona.

No me acuerdo de mucho porque era muy pequeña, pero sí recuerdo la sensación. Casi me hacía llorar de emoción: aquellas crines enormes, el caballo tan atento… Todo aquello me emocionó muchísimo. Galopamos y yo iba delante de la montura, en una montura vaquera, un poco de cualquier manera, pero me encantó.

A partir de ahí empecé a querer subirme a los caballos, aunque al mismo tiempo tenía muchísimo miedo porque era muy pequeña. Supongo que, de forma instintiva, no sabía leerlos y pensaba: «¿Cómo me puedo acercar a un animal de estos, que pesa tanto y que tiene unas reacciones que me dan miedo?».

Poco a poco me montaron en una yegua y me llevaban de reata a excursiones y paseos. La cosa fue creciendo. Después estuvimos en otra hípica, con un chico llamado Jordi, en la Hípica Tor, en su momento.

Allí lo pasé genial. Mi infancia fue a caballo. Cuando tenía ocho o nueve años tenía un caballo y me lo llevaba al monte durante horas y horas. Iba sola con él por los pueblecitos. Mi infancia a caballo fue tremenda y la recuerdo con muchísimo cariño.

Recuerdo galopar sola con el caballo, parar debajo de una higuera y comer higos, y todas las historias que tuve con los caballos que tuvimos y que pude montar. También monté ponis. Pasé una infancia muy bonita entre caballos. Teníamos, además, un grupo muy divertido de chavales que también montaban y pasábamos los fines de semana entre caballos.

Dedicarme profesionalmente a esto llegó más tarde, cuando decidí dejar la escuela para hacer un curso técnico de monitor. En aquel momento se suponía que estaba homologado. Dejé el colegio en segundo de BUP, si no recuerdo mal, y me fui a hacer el curso.

El primer año tenía un caballo bastante fácil para hacer el curso. A mitad de año también montaba otros caballos porque me daban un poco más de reto y desafío, pero mi caballo era bastante sencillo.

En el segundo año, todo el mundo se fue a Alemania a comprar caballos para hacer el curso de monitor. Yo pedí un caballo cedido: era un caballo pequeño, mal conformado y de pésimo carácter. Me dio muchísimo trabajo. En aquel momento lo fuimos trabajando entre los profesores y yo.

A lo largo de los meses del curso fuimos haciendo al caballo y, cuando terminó, era prácticamente un caballo profesor. Después se quedó en el CAVA como caballo de escuela para los alumnos. Conseguimos hacer un caballo dócil para enseñar: hacía espalda adentro, apoyos, cambios de pie simples y pequeños saltos de un metro o, como mucho, un metro diez. Más no podía porque no tenía fuerza.

Y eso fue un gran logro, porque al principio el caballo no doblaba una esquina. Iba a galope tendido por una pista de 20 por 60. Víctor Alba, que en aquel momento trabajaba con Laura Aguiló en el CAVA, se ponía las manos en la cabeza y decía: «¿De dónde has sacado ese caballo que no gira?».

Pero acabó haciendo un poco de todo. Y fue durante ese proceso cuando realmente me di cuenta de cuánto me gustaba hacer un caballo: darle la base física y psicológica para que pudiera hacer aquello que se esperaba de él, tanto en su vida como dentro de una disciplina.

Ahí empecé a pensar que realmente esto era lo que quería para mi vida. A partir de entonces todo fue creciendo y, por suerte, sigo teniendo momentos todos los días en los que pienso que esto es lo que quiero hacer durante el resto de mi vida. Tengo esa suerte.

El error de no observar al caballo

¿Cuál es uno de los principales errores que cometemos los humanos al relacionarnos con los caballos?

Los caballos nos están observando y escuchando constantemente. Desde que abrimos la puerta del coche y aparecemos en el lugar donde están, ya nos han escuchado, nos han sentido y nos han olido.

Uno de los errores principales que veo con mucha frecuencia —y que también me pasa a mí— es que nos distraemos. Entramos en el espacio del caballo pensando: «Le voy a dar una golosina». Pero antes de dársela, ¿has visto en qué situación está? ¿Cómo está? No hacemos ese diagnóstico. No observamos lo suficiente qué señales nos está transmitiendo: ¿está tenso?, ¿está relajado?, ¿está preparado?, ¿no lo está?

Tenemos que preguntarnos si realmente podemos darle esa golosina en ese preciso momento o si quizá es mejor dejarlo para otro momento. A lo mejor el caballo está tenso. ¿Has leído las señales de invasión de espacio? Quizá está invadiendo claramente tu espacio y te lo está diciendo con todas las señales, pero lo ignoramos y vamos y lo acariciamos.

Muchas veces terminamos premiando comportamientos que no queremos en los caballos. Y no es que el caballo sea malo: simplemente está siendo caballo. Entre ellos se invaden el espacio, se retan y se ponen a prueba los límites hasta que se establece el liderazgo; después, la relación cambia.

Con un pequeño gesto, una yegua puede decirle a su potro lo que tiene que hacer. Pero cuando el potro invade el espacio de la madre sin autorización, la madre puede ser muy contundente con él. Lo importante es que la madre está leyendo constantemente las señales que le da el potro. Entre ellos se están leyendo todo el tiempo.

Cuando todo está controlado y saben qué pueden esperar, se relajan. Con nosotros ocurre lo mismo. Cuando hay claridad en nuestro comportamiento, cuando el caballo confía en nuestras ayudas, respeta nuestro espacio y entiende las normas de convivencia, se relaja y deja de preocuparse.

¿Qué mejor que poder darle a un caballo ese momento de tranquilidad? No porque nosotros nos estemos durmiendo, sino porque él está realmente tranquilo. No tiene que estar pensando que tiene que sobrevivir o que tiene que leerme constantemente porque quizá voy a hacer algo que pueda hacerle daño.

Muchas veces pecamos precisamente de distracción. Vamos mirando el móvil mientras buscamos al caballo. Lo veo mucho con los niños: están agarrados al móvil, viendo TikTok o lo que sea, y van a buscar al caballo. Pero ese caballo te está leyendo desde hace mucho rato. Luego dices: «Es que no se deja agarrar». Claro: no estás con el caballo, estás con el móvil.

Un caballo más sensible puede decir: «No, no me dejo». Y uno un poco más dominante quizá pasa por encima de ti o sale por la puerta mientras estás distraído. ¿Por qué? No porque sea malo, sino porque tú no has visto que, cuando llegaste, ese caballo ya estaba completamente dentro de tu espacio. Si hubieras pedido dos o tres pasos atrás, el caballo habría entendido: «Ah, vale, este es tu espacio y este es el mío». Ya habrías tenido una conversación con él.

Si entras en el paddock mirando el móvil y vas a buscar al caballo distraído, te puede pasar de todo. Y montando ocurre exactamente lo mismo. Nuestra falta de escucha, de lectura de las señales y de interpretación de los caballos es, para mí, uno de los errores principales que cometemos.

La importancia del trabajo pie a tierra

¿Qué importancia das al trabajo pie a tierra?

El trabajo pie a tierra —que no es exactamente lo mismo que el trabajo en libertad, aunque también lo considero importante— es una oportunidad preciosa para hacer una evaluación y un diagnóstico del caballo.

Cuando vamos a buscarlo, lo preparamos y hacemos todo el proceso previo, podemos observar cómo es y cómo está en ese momento; si conoce las normas de convivencia; cómo reacciona ante nuestras diferentes energías; si distingue la intención de la no intención; y cómo responde a la presión y a la relajación.

Pero hay algo todavía más importante: mientras hacemos esa evaluación, establecemos una conversación con el caballo. El caballo empieza a saber con qué puede contar de nosotros, y eso es fundamental para mantener después esa conversación cuando estamos montados.

Hay muchísimos problemas que surgen montando porque, cuando vamos a buscar al caballo, estamos distraídos. No le hacemos caso, se nos arranca, se va a comer, se rasca, nos pasa por encima… Y luego nos montamos y pretendemos que nos haga caso cuando ponemos la pierna, queremos girar o le pedimos cualquier cosa.

Claro, es que no has estado ahí desde el primer momento. Mucho menos va a estar él para ti cuando empieces a exigirle cosas si no le has hecho caso desde que has llegado.

No digo que no se pueda establecer una conversación con el caballo desde el momento en que te subes sin haber trabajado pie a tierra. Es perfectamente posible, sobre todo cuando tienes experiencia y sabes establecer esa conversación montado, porque la base es la misma.

Pero el trabajo pie a tierra es una buena oportunidad para hacerlo sin que interfieran el asiento, la pierna, nuestro equilibrio, el equilibrio del caballo, el movimiento y todo lo demás. Es una oportunidad para empezar a conocer al caballo.

Me parece especialmente importante que quienes empiezan, sean niños o adultos, entiendan que la equitación no consiste solamente en ponerse encima del caballo y exigirle que gire, haga un círculo, se pare, trote o galope para que nosotros podamos aprender a montar.

La equitación implica muchísimo más que eso. Creo que es importante inculcarlo, sobre todo, en quienes están empezando.

Lo que enseñan los caballos difíciles

¿Qué te han enseñado los caballos difíciles?

Una de las cosas que me han enseñado los caballos difíciles es que, normalmente, cuando son tan difíciles, es porque están intentando organizar o entender un mundo que no comprenden.

Al principio, cuando estaba trabajando con aquel caballo difícil del que hablaba antes, yo creía que lo estaba educando yo. Pensaba: «Yo estoy haciendo un caballo». En realidad, aquel caballo me enseñó a mí.

Me enseñó a ser lo más clara posible con mis ayudas porque, si no, el caballo no me entendía. Estaba confundido porque físicamente le costaba girar, hacer un círculo, doblarse y avanzar sin correr.

Si físicamente tenía ese reto, yo tenía que ser extremadamente clara con mis ayudas, porque el caballo estaba ocupado haciendo muchas cosas: organizándose físicamente y también mentalmente. Cuando un caballo está ocupado con su equilibrio y con una dificultad física, le cuesta mucho prestar atención a las ayudas del jinete.

Por eso cada vez tenía que ser más clara y ponerlo más cómodo, hacérselo más fácil para que él mismo pudiera encontrar las respuestas a mis preguntas.

La claridad era muy importante. Y todos los caballos difíciles que he encontrado me han dado una caja enorme de herramientas y recursos. Durante muchos años esas herramientas estuvieron un poco desorganizadas, pero con el tiempo he ido haciendo cajones dentro de esa caja y colocando cada herramienta y cada recurso en su sitio.

Cada vez que tengo un caballo difícil voy probando herramientas para ver cuál funciona mejor. Y cada vez tengo más claro cuál puede necesitar, aunque siempre aparece algún caballo que te hace pensar que sabes qué herramienta necesita, la aplicas y después dices: «Tal vez no sea esta; vamos a probar otra».

Los caballos difíciles te obligan a cambiar de rumbo y a abrir la mente para trabajar de una forma diferente o utilizar recursos distintos de los que usarías con un caballo fácil.

Además, como me he equivocado tantas veces, he reunido recursos que pueden ayudar a otras personas que tienen caballos difíciles: recursos para no cometer los mismos errores, para dejar de cometerlos o para buscar otra manera de hacer las cosas.

Los caballos fáciles también me han enseñado muchísimo. Los caballos buenos de cabeza, colaboradores, con buen físico y que dominan bien su cuerpo y su mente, nos enseñan lo que significa el compañerismo y el trabajo en equipo. Están preparados para formar un equipo con nosotros.

El proceso hasta llegar a formar ese equipo es más corto con los caballos fáciles, pero ellos nos enseñan que es posible que cada uno asuma su función dentro del trabajo y disfrute de ella. Nos enseñan que podemos ser compañeros reales de trabajo.

Y esa experiencia nos permite no desistir ni abandonar a los caballos más difíciles. Si sabemos que es posible, podemos seguir trabajando. Cuando un caballo se equilibra física y mentalmente, aprende a interactuar con nosotros y acepta las normas de convivencia, de repente se vuelve mucho más fácil para él y también puede formar equipo.

Creo que tanto los caballos fáciles como los difíciles nos dan muchísimas lecciones.

El error contrario: humanizar demasiado al caballo

Has hablado de la falta de observación. ¿Existe también un error contrario?

Sí. Hay otro error que creo que merece la pena mencionar y es el opuesto: estar todo el rato leyendo todas las señales, todo lo que hace el caballo, e interpretarlo además de una forma completamente humanizada.

Esto también es un gran error que veo bastante. Los caballos no son nuestros bebés ni nuestros niños pequeños. Son caballos. Son animales de unos 500 kilos que tenemos que interpretar por lo que son y por cómo funcionan entre ellos.

Esa es la mejor manera de interpretar cuándo existe una invasión clara del espacio, cuándo están pidiendo realmente un mimo, cuándo pueden estar amenazando con darte una coz o cuándo te están echando claramente de su espacio. Y hay que saber interpretar estas señales bastante rápido y, sobre todo, a tiempo.

¿Qué significa Equierrores?

¿Qué significa para ti el nombre Equierrores?

Yo suelo decir que soy la Equierror número uno. Y, aunque no es verdad que todo lo haya aprendido a base de errores, tampoco creo que sea cierto lo contrario. Si aprendes algo bien desde el principio, te ahorras muchísimo tiempo y muchos dolores de cabeza. Y, sobre todo, cuando trabajamos con caballos, le ahorramos muchos dolores de cabeza al caballo y muchas faltas de entendimiento.

Una cosa es equivocarte con un balón y chutarlo mal. Otra cosa es equivocarte con un caballo. Un caballo es un ser vivo y un error nuestro puede tener consecuencias bastante graves para él.

Pero, al mismo tiempo, tenemos que aprender de los caballos y de nuestros errores. Yo he sacado muchísima información de mis errores. Como soy la Equierror número uno, me he equivocado muchas veces con los caballos difíciles y de ahí han salido muchos de los recursos que utilizo hoy.

Además, soy muy perfeccionista. Me pongo mal cuando me equivoco, cuando hago algo mal con un caballo, cuando un caballo no me entiende o cuando no encuentro la forma de hacerlo mejor. Durante un rato me afecta mucho. No me hundo en la miseria, pero no me gusta nada.

Después respiro, me tomo un tiempo o sigo con el caballo siguiente y empiezo a observar mejor. Estudio por qué salió mal aquello, pruebo otra cosa, comparo, vuelvo a sentir y descarto lo que no funcionó. Y conservo el recurso que acabo de aprender cuando compruebo que funciona.

Con los años he entendido que equivocarse no es el gran problema. El mayor problema es dejar de hacernos preguntas: dejar de preguntarnos si realmente estamos bien encaminados con ese caballo y dejar de observarlo.

Los profesores pueden enseñarnos muchísimas cosas, pero para mí los caballos tienen la última palabra.

Si el caballo que estoy montando no está cómodo, algo tengo que cambiar. Puede estar incómodo durante un momento dentro de una petición porque se pone un poco tenso, pero tengo que saber si esa tensión forma parte del proceso de aprendizaje y tengo recursos para desbloquearla, disiparla y canalizarla hacia una tensión positiva para el trabajo.

Si sé que el caballo está tenso y no sale de ese bucle, entonces tengo que cambiar algo. Algo estoy haciendo mal.

Tenemos que seguir preguntándonos: ¿el caballo está disponible?, ¿lo está entendiendo?, ¿estoy siendo clara para este caballo?, ¿está equilibrado mental y físicamente?, ¿está preparado para entender lo que le estoy diciendo?

Si dejamos de hacernos estas preguntas, dejamos de aprender. Y muchas veces dejamos de hacérnoslas porque creemos que nunca nos equivocamos y que lo hacemos todo bien.

Por eso Equierrores puede parecer una palabra negativa, pero en realidad es una llamada de atención para todo el que tiene un caballo. No importa si es campeón de no sé qué, si lo hace muy bien o si está empezando. Para todos sirve la misma pregunta: «¿Me estoy equivocando en algún sitio? ¿El caballo me está entendiendo?».

Equierrores apunta un poco hacia esa reflexión. Nace de mis propios errores y, para mí, es una forma de mantener los pies en el suelo en el mundo de la equitación.

Es muy fácil que, cuando un caballo empieza a ir bien, nos creamos que sabemos más que nadie o que ya hemos entendido la equitación. Pero ese mismo caballo que un día va impecable puede, al día siguiente, ponerte del revés y decirte: «Te estás equivocando. No lo sabes todo. Todavía te falta mucho por aprender».

Eso es lo que Equierrores intenta evitar: que pensemos que lo sabemos todo. Nos equivocamos todos los días, y espero seguir equivocándome y aprendiendo de mis errores durante toda mi vida.

Una visión de la equitación que evoluciona

¿Ves la equitación de una manera diferente después de todos estos años?

Sí, claro. Esto va cambiando. Nuestras ideas, pero sobre todo nuestras herramientas, nuestros recursos y nuestra experiencia aumentan con el tiempo: de caballo para caballo, de momento para momento y de alumno para alumno.

Sería mentira decir que veo la equitación exactamente igual que hace diez años. La esencia, sin embargo, sigue siendo la misma. La filosofía que voy construyendo con los caballos también.

No soy una persona que se deje llevar mucho por las modas. Me dejo llevar más por lo que me parece que funciona. Por ejemplo, hubo una época en la que el long and low parecía lo más importante. Pero cuando montas ocho caballos diferentes, descubres que a uno le va bien, mientras que a otro quizá no le conviene porque se cae sobre las rodillas. A otro no le funciona porque sus posteriores no trabajan bien. Y a otro, que es cuesta arriba, puede venirle bien estirar un poco el cuello, pero tampoco demasiado abajo porque, si ya es cuesta arriba, ¿para qué vamos a bajarlo y ponerlo sobre las manos?

Y lo mismo ocurre con otras modas o técnicas: el refuerzo positivo con chuches, el clicker y muchas otras cosas. No me dejo llevar demasiado por ellas porque llevo mucho tiempo entre caballos y desde pequeña he tenido que aprender a hacerme entender con los recursos que tenía.

He trabajado siempre con lo que tenía disponible. Cuando trabajas con seis, siete u ocho caballos, cada uno es diferente: cada uno tiene su educación, su sensibilidad, su forma de ser y su historia. Con el paso de los meses, sin embargo, empiezas a ver que la forma de trabajar se va unificando.

Cada caballo evoluciona a su nivel y de acuerdo con su educación, pero empiezan a aparecer reacciones y evoluciones similares. Eso quiere decir que la esencia es la misma para todos los caballos. Los recursos cambian y se utilizan de otra manera, pero la esencia sigue ahí.

Hace diez años quizá tenía más piezas sueltas. Daba muchísima importancia a la educación, luego a la atención hacia nosotros y después a la claridad. A lo largo de los años he ido dando importancia a diferentes piezas y trabajando cada una para dominarla. Hoy lo trabajo de una manera más global, con cada cosa en su sitio y en su momento.

Cuando estamos aprendiendo, aprendemos por partes. Una cosa parece importantísima y luego pasamos a otra. Con el tiempo, empezamos a ver que todo funciona en conjunto.

La esencia de la equitación es la misma. Lo que cambia mucho es la disciplina. Hay diferencias importantes entre las disciplinas, pero lo que no cambia es el comportamiento del caballo.

Existe una cierta rivalidad entre disciplinas, como si cada una fuera la mejor. Pero hay cosas comunes a todas. Por ejemplo, en todas las disciplinas se pone el caballo en un remolque, se le levantan los pies, se le cepilla, se le desparasita, se le vacuna, lo trata el veterinario, se le lleva al box, al campo o de la mano. El comportamiento del caballo es el mismo.

La biomecánica también tiene principios comunes. El caballo se mueve de una determinada manera. Si está sobre las espaldas, está sobre las espaldas, ya sea en western, salto, doma o cualquier otra disciplina. Si está equilibrado, con el dorso redondeado y el movimiento fluyendo hacia delante, eso es común.

Y si el caballo está invertido, da igual si llevas embocadura, una cuerda al cuello o cualquier otro elemento: si está invertido, está invertido.

Hay cosas que son comunes y que no podemos cambiar. Lo que hacemos todos los días es aprender y encajar de una manera diferente las herramientas que vamos ganando con cada caballo.

De aprender a enseñar

¿Cuándo decidiste que querías enseñar y ayudar a otras personas?

La esencia es la misma, pero la forma de llegar al objetivo puede cambiar. Cambia de persona a persona, de caballo a caballo, de momento a momento y de situación a situación.

No abordas de la misma manera a una persona que está contenta, a la que le van bien las cosas y que está bien encajada en la montura, que a alguien que ha tenido un mal día, está frustrado y no soporta que el caballo levante la cabeza o haga algo que le molesta.

A veces una persona empieza a echarle la culpa al caballo porque no puede resolver un problema o se siente impotente. Es bastante común.

La forma de abordar esa situación, esa persona y ese caballo concreto puede ser completamente diferente.

Hubo una época en la que decidí que quería aprender todo lo posible. Quería montar todos los caballos que pudiera y aprender a resolver muchas cosas. Cuando salí de Gerona y me fui a Portugal, pasé primero un verano en casa de Francisco, junto con su socio Luis Negró. Francisco iba a dar clinics en el CAVA y me gustó la experiencia. Estuve allí alrededor de uno o dos meses, si no recuerdo mal.

Después, al terminar el segundo año del curso, me fui a trabajar con Francisco Caldeira, un jinete portugués olímpico de salto con muchísima experiencia. Durante los primeros tres años no daba clases, no tenía alumnos: solo montaba, aprendía y trabajaba con los caballos.

Él venía algunos días a la semana para dar indicaciones sobre los caballos y competíamos aproximadamente cada quince días. Tenía siempre caballos en la cuadra, así que fue una época de aprendizaje brutal, sobre todo por la experiencia que tenía.

Después también estuve una época montando en Holanda. Pasé mucho tiempo aprendiendo porque quería montar muchos caballos y resolver muchas situaciones.

Poco a poco empezó a aparecer un alumno aquí y otro allí. Después tuve una cuadra, caballos, alumnos y competiciones. Cuando tuve a mis hijos, paré un poco. Tenía muchísimo trabajo con ellos: colegios, horarios diferentes, desplazamientos… El coche salía de casa unas ocho veces al día.

Entonces pensé: «Como no voy a trabajar físicamente, voy a empezar online». Y ahí comenzó otra etapa.

Escribí el libro y el blog, y una cosa llevó a la otra. El blog de Equierrores estaba muy activo en aquella época. En 2013 había muy poco contenido relacionado con esto en Internet y empezó a recibir muchísimos comentarios.

La gente preguntaba: «Qué interesante, quiero saber más», o explicaba que su caballo tenía un problema. Empecé a resolver dudas a través de los comentarios del blog.

Después comenzaron a llegar correos. Alguien me explicaba que tenía un caballo con determinadas características y yo hacía una serie de preguntas hasta intentar entender cuál podía ser el problema. Proponíamos probar determinadas cosas y, cuando funcionaban, la gente me decía: «¡Qué bien! Me has ayudado con mi caballo a distancia».

La cosa fue creciendo. Se organizaron grupos pequeños de cinco, seis o siete personas que querían mejorar, por ejemplo, la posición o el asiento durante un fin de semana.

Yo preparaba una explicación teórica sobre lo que considero la base de la equitación. Y ahí vuelvo a una idea anterior: para mí, la equitación siempre ha consistido en buscar el equilibrio físico y psicológico tanto del caballo como del jinete y conseguir que ambos puedan trabajar juntos.

A partir de ahí empezamos a trabajar el asiento para mejorar los mensajes que transmitimos y la comunicación pie a tierra. Preparaba diapositivas y cursos sobre distintos conceptos que consideraba importantes.

Con el tiempo me di cuenta de que la gente estaba muy interesada en la teoría, pero le gustaba mucho que corrigiera el asiento, la aplicación de las ayudas y la comunicación con el caballo montado. Ahí es donde aparecen muchos problemas.

Después de fines de semana intensivos de trabajo, vi que necesitaban más de esa parte práctica y menos teoría. Entonces puse toda la teoría y los conceptos que enseñaba presencialmente en cursos online.

Cuando se organizan cursos presenciales, podemos dejar la teoría para después y empezar directamente con una demostración en libertad sobre comunicación. Después cada alumno trabaja con su caballo y vamos directamente al objetivo que se pueda mejorar en dos o tres días.

Así nacieron los cursos online. Después, algunas personas que habían venido a los cursos me preguntaban si podía seguir acompañándolas a distancia. Y empezamos con una clase semanal por Zoom, utilizando el móvil y los auriculares.

La formación fue creciendo por necesidad. Yo no pensé inicialmente en crear un negocio; fui añadiendo cosas según surgían las necesidades.

Después apareció Equierrores Directo, que es formación continua. La gente paga una cuota mensual y cada mes trabajamos un tema. Actualmente, por ejemplo, estamos con las seis fases del entrenamiento funcional del caballo, pero cada mes hay un tema diferente.

Lanzamos clases en las que hablo o monto mientras explico lo que estoy haciendo. Al final del mes hacemos un directo en el que profundizamos sobre el tema o analizamos un fragmento de alguno de los vídeos a cámara lenta: el asiento, las ayudas, cómo está el caballo, cómo se mueve, cómo coloca el pie…

Aprendemos a mirar a los caballos y a analizar lo que vemos. De esta manera, la gente interioriza mejor lo que buscamos: la comodidad del caballo, cuál es el objetivo final y cómo llegar a él con caballos diferentes.

El directo está abierto para que cada persona pueda hacer preguntas, plantear dudas o sugerir temas. También han surgido problemas concretos, por ejemplo, relacionados con la educación del caballo a la hora de comer. En una ocasión trabajamos con una alumna que tenía cuatro frisones y grabamos en directo cómo abordábamos el problema que tenía con ellos.

Actualmente, quien se suscribe tiene acceso al material acumulado. Empezamos en 2023 y entonces hacíamos dos directos al mes. Después pasamos a uno al mes. Hay muchísimo material y numerosos temas.

También hacemos directos prácticos. La gente se graba, me envía los vídeos y, durante el directo, comento el tema que estamos trabajando y, si puedo, doy una ayuda o unos ejercicios para mejorar.

Tengo alumnos que vienen aquí a trabajar conmigo durante dos o tres días. Si quieren mejorar el trabajo pie a tierra, trabajamos pie a tierra; si quieren trabajar el asiento, trabajamos el asiento; si quieren mejorar el salto, trabajamos el salto. Sobre todo trabajamos la base.

La enseñanza forma parte de mi vida desde siempre. Y siempre que puedo ayudar a alguien, no me corto un pelo: si quieren que les ayude, ahí estoy.

Ayudar a las personas a entenderse con sus caballos

¿Cuándo te diste cuenta de que querías ayudar a otras personas a entenderse mejor con sus caballos?

No sé si hubo un momento concreto. Lo de dar clase y ayudar a la gente con sus caballos me gusta desde muy jovencita, desde el curso de monitor.

Me gustaba echar una mano porque había cosas que veía. A veces veía a alguien con un problema con su caballo y podía identificar cuál era el problema y cuál podía ser una posible solución. Si me dejaban y podía decir algo, siempre me ha gustado hacerlo.

Me gusta especialmente la reacción de la persona cuando de repente dice: «¡Ostras, pues es esto! Es verdad».

Yo sé muy bien lo que es estar con un caballo y que las cosas no salgan, y no tener a nadie que te diga: «¿Y si miraras hacia delante?». A veces una observación tan sencilla cambia todo.

Puedes llevar media hora o una hora intentando solucionar un ejercicio mirando hacia abajo, hacia tu mano o hacia cualquier otra cosa, y llega alguien y te dice: «¿Puedes mirar hacia dónde vas?». Miras hacia delante y piensas: «Vale, me ha cambiado todo». Esa persona te ha resuelto un problema que llevabas mucho tiempo intentando solucionar.

Como yo he sentido eso en mi propia piel, si veo que puedo ayudar a alguien, ¿por qué no hacerlo?

A veces también me entra la duda: «Si yo me equivoco mucho, ¿cómo puedo estar dando clase?». Pero realmente no creo que la cosa vaya por ahí.

Si aprendes algo, lo dominas y puedes ayudar a otra persona a llegar a ese punto, no significa que seas campeona del mundo. Significa que esa parte la tienes entendida y trabajada. No quiere decir que no te equivoques, pero sabes que funciona. Entonces, ¿por qué no compartirlo?

Además, voy a ser un poco egoísta: cuando enseñas algo que sabes hacer, el hecho de enseñárselo a alguien y conseguir que a esa persona también le salga confirma tu método y confirma lo que sabes.

Y, si no le sale, tengo que sacar otro recurso o encontrar otra forma de explicarlo. En ese caso, yo también acabo de aprender de esa explicación, de ese resultado y de esa persona con ese caballo concreto.

La esencia es la misma, y con el ser humano ocurre algo parecido.

El mito del 8 y el 80

¿Cuál es tu mito favorito de los que te gustaría desmontar?

Creo que sería el mito del 8 y el 80.

Por un lado, está el 8: ser muy duro con los caballos, hacer un monólogo con ellos, pensar que tú eres quien manda y que el caballo solo tiene que obedecer.

Y, en el otro extremo, está el 80: no molestarlos, no tocarlos, no hacer nada que no les guste, dejar siempre que el caballo decida qué quiere hacer… En definitiva, ser demasiado blando con nuestros caballos.

Es el mito que más me gusta porque es el que más me encuentro. O se deja al caballo hacer absolutamente lo que quiere porque existe la idea preconcebida de que no se le puede traumatizar bajo ningún concepto, o se piensa que tiene que hacer exactamente lo que yo diga.

En ninguno de los dos casos se escucha realmente al caballo.

Últimamente, además, me encuentro cada vez más el 80 y menos el 8. Hemos pasado completamente de un extremo al otro.

Hay que decir también que siempre ha habido buenos profesionales. No es verdad que antes se trataran mal a los caballos y que ahora, de repente, se les trate bien. A lo largo de los miles de años de relación entre humanos y caballos siempre ha habido personas que han sabido convivir con ellos y tratarlos bien.

Creo que de esas personas es de quienes tenemos que aprender, no necesariamente de las modas ni de premisas falsas. Hay que aprender de quienes siempre han sabido trabajar con caballos y tenerlos como compañeros de trabajo.

Un ejemplo muy claro es el del vaquero y su caballo. Cuando un vaquero trabaja con su caballo o su yegua, el animal puede estar suelto a su lado mientras el vaquero hace otras tareas. El caballo sabe cuál es su función y la cumple sin que el vaquero tenga que estar dándole órdenes constantemente.

Eso demuestra que siempre ha existido una relación de cooperación entre el ser humano y el caballo.

También podemos pensar en los caballos de las minas, muchos de los cuales vivían y trabajaban junto a los mineros. Eran animales que tenían que trabajar porque formaban parte de aquel sistema. Los hombres también sufrían en las minas y necesitaban a los caballos para realizar trabajos de fuerza. Estaban en el mismo barco.

Por eso creo que no debemos reducir toda la historia de la relación entre humanos y caballos a la idea de maltrato. Siempre ha habido personas buenas entre caballos y siempre ha habido personas que los han tratado como compañeros de trabajo.

Creo que de ahí tenemos que aprender.

Si conseguimos que nuestros caballos de doma, salto, raid o cualquier otra disciplina sean compañeros de trabajo, podremos merecer su confianza. Y si sabemos enseñarles cuál es la función que tienen dentro del entorno en el que viven, pueden convertirse realmente en compañeros.

Podemos darles responsabilidad sobre su función y sobre su parte del trabajo. Porque esto es un trabajo a dos: caballo y jinete.

En salto, el caballo tiene la función de saltar y superar los obstáculos sin tocarlos; la función del jinete es poner las condiciones adecuadas para que el caballo pueda hacerlo.

En doma ocurre algo parecido. El caballo tiene que realizar los ejercicios con fluidez y el jinete tiene que proporcionarle las condiciones físicas y psicológicas necesarias para que pueda cumplir su función.

Las dos funciones se complementan.

Creo que ese debería ser un objetivo general de lo que se enseña en las escuelas y que debería empezar por la base, por los niños: formar compañeros de trabajo.

El compañero de trabajo no es únicamente el vaquero con su caballo. También lo ha sido el caballo de las minas. Hay muchas formas históricas de colaboración entre personas y caballos.

Lo que sí es incompatible con la convivencia es pensar que hay que pegar al caballo para que obedezca o, en el extremo contrario, dejarle hacer lo que le dé la gana.

Lo compatible es enseñarle a convivir con nosotros, a cumplir nuestras normas dentro de nuestra responsabilidad y, en la medida de lo posible, explicárselas de una forma que ellos puedan entender: utilizando un lenguaje que tenga sentido para el caballo.

Eso es, para mí, lo más importante de este mito.

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El ser humano «confundió cooperación con sometimiento»

El consejo para construir una buena relación

¿Qué consejo darías a alguien que quiera construir una buena relación y una buena conexión con su caballo?

Cuando era pequeña, Jordi, donde yo montaba, me inculcó algo muy importante. No solo lo explicaba: el ejemplo era brutal porque él vivía con sus caballos y nosotros lo veíamos todos los días.

Nos enseñó a leer a los caballos y a saber cómo se comportan entre ellos: qué es normal dentro de un grupo, cómo utilizan su lenguaje, cómo se educa una madre con su potro, cómo se establecen las relaciones dentro del grupo, cómo se incluye a un individuo y cómo se aparta a otro cuando no se comporta bien.

También aprendimos el concepto de presión y relajación, que es muy básico, pero fundamental.

Imaginemos que una madre quiere que su potro avance. Primero pone una intención. Después utiliza el lenguaje corporal y hace unas señales que nosotros no podemos imitar exactamente porque no somos caballos. Existe una intención, un lenguaje corporal y una determinada presión.

Y, como ayuda final, la madre puede darle un pequeño empujón con el morro en el trasero para decirle: «Venga, anda».

En el momento en que el potro avanza, la madre deja de presionar, a menos que quiera que siga avanzando. Cuando el potro responde, la presión desaparece.

Lo mismo ocurre con una corrección. La primera vez, si el potro se pasa mucho, la madre puede darle una patada o un mordisco. Pero la siguiente vez quizá solo necesita levantar las orejas o hacer un pequeño gesto para que el potro sepa perfectamente qué puede hacer y qué no.

Si nosotros utilizamos principios similares para pedir un paso atrás, por ejemplo, primero ponemos una intención. Después aparece nuestra energía, nuestro lenguaje corporal y, finalmente, una ayuda que permite al caballo acabar de entender qué queremos.

A base de repeticiones, el caballo aprende a leer nuestras intenciones.

Cuando el caballo responde y da el paso atrás que le estamos pidiendo, en ese momento debemos relajar. Es como decirle: «Vale, eso era lo que quería». No seguimos presionando cuando ya nos ha respondido.

Los caballos entre ellos tampoco mantienen una presión innecesaria.

Si una yegua echa a un potro de su lado porque se está portando mal, lo vuelve a echar si regresa, pero cuando el potro está lejos y permanece tranquilo, la madre se relaja. Puede mantener cierta intención, indicando que todavía no puede volver, pero cuando finalmente le permite regresar, desaparece esa intención y el potro puede volver.

Ese es un lenguaje que utilizan entre ellos. ¿Por qué no podemos utilizarlo nosotros?

Una de las cosas que me inculcaron de pequeña fue precisamente eso: utilizar su lenguaje.

Después, cuando entramos en una cuadra de doma, de salto o de cualquier otra disciplina, aprendemos tantas cosas que, durante una época, esto puede perderse un poco porque no se trabaja así en todos los sitios.

Pero para mí es fundamental.

El consejo que daría a alguien que quiera tener una buena conexión con su caballo es: aprende su lenguaje.

En el curso sobre cómo utilizar el lenguaje equino en el día a día tengo los conceptos que considero básicos para cualquier persona que tenga un caballo, que se acerque a uno o que quiera convivir con caballos.

Lo primero es saber, entender y aprender a ver. Hay ejercicios que ayudan a practicarlo, pero de entrada hay que entenderlo. Después hay que practicarlo.

Cuando estamos con nuestro caballo, si no tenemos una energía que transmita una intención, no vamos a conectar con él.

También hay que practicar con caballos diferentes, no solo con el nuestro. Los caballos responden a intensidades diferentes. El lenguaje es el mismo, pero cambian la intensidad, la cantidad y el tiempo de presión en función del caballo. Lo mismo ocurre con la relajación, la repetición y todo lo demás.

Hay que practicar mucho y entender que hablar el lenguaje de los caballos es como hablar una lengua materna: hacerlo con fluidez y saber conversar con el caballo en los términos que él entiende.

Si después queremos trasladar esa comunicación al trabajo montado, tenemos que mejorar muchísimo nuestro asiento. Nuestro asiento debe ser ligero y no molestar al caballo, porque queremos transmitirle mensajes y, si nuestro asiento interfiere, el mensaje no llega.

Hablarle el mismo idioma montando significa utilizar los mismos principios para mantener la conexión.

Ese sería el consejo que daría porque a mí me ha sido muy útil. Y, si soy sincera, me habría gustado tener mi propio curso cuando era más joven, porque quizá habría avanzado más rápido.

Pero, sobre todo, el consejo es trabajar mucho, practicar mucho y disfrutar de lo que se aprende. No todo son frustraciones. También hay que disfrutar de todo lo que aprendemos junto a los caballos.

Nota editorial

Texto editado a partir de la transcripción original. Se han eliminado muletillas y repeticiones propias del lenguaje oral. Sin añadir información externa.