Lobos y caballos: la crisis de Pontevedra

El pasado lunes 8 de junio volvió a ocurrir. En los montes de Cuspedriños, en la provincia de Pontevedra, aparecieron varias yeguas y potrillos muertos tras un nuevo ataque atribuido al lobo. Para muchos puede ser una noticia más dentro del eterno debate entre la conservación de la fauna salvaje y la actividad ganadera. Para Daniel Fraguas, presidente de “La Rapa das Bestas” de Cuspedriños y ganadero de equinos, supone simplemente otro capítulo de una pesadilla que asegura vivir desde finales de 2024.
«Desde diciembre de 2024 me han matado 145 animales», afirma. «Pero de esos solo me han indemnizado 100. El resto fueron denegados porque, según la administración, las causas de la muerte no estaban claras».
Su voz transmite cansancio, frustración y una sensación de abandono institucional que se repite a lo largo de toda la conversación. Sin embargo, hay algo que Daniel deja claro desde el primer momento: su enfrentamiento no es con el lobo.
«A mí me gusta el lobo. Tiene que haber lobos. Los hubo toda la vida en Galicia. Yo me crié viendo animales muertos por el lobo. Pero ahora es diferente porque es una especie protegida. Si la administración decide protegerlo, entonces debe hacerse cargo de los daños que provoca».
El problema no es el lobo, es la administración que «los proteje»

Según explica Fraguas, la Xunta de Galicia mantiene un sistema de compensaciones económicas para los ganaderos afectados por ataques de lobo. Sobre el papel, la administración asume las pérdidas. Sin embargo, sostiene que la realidad es muy distinta.
«Te dicen que van a reparar el daño, pero termina siendo todo mentira. A la mínima que un caso tenga cualquier detalle, te lo deniegan».
Describe un procedimiento que, en su opinión, acaba dejando fuera una parte importante de los animales atacados.
«Si el cadáver fue carroñeado por jabalíes, te lo deniegan. Si tiene bichos por la humedad y las altas temperaturas, te lo deniegan. Si quedan pocos restos porque fue muy consumido, también te lo deniegan».
La consecuencia es que muchos ataques que, según él, presentan evidencias claras de depredación por lobo no terminan siendo reconocidos oficialmente.

«Al final te encuentras veinte animales muertos y seis o siete te los rechazan. Así que además de la pérdida, ni siquiera tienes indemnización».
Para Daniel, esta situación es la verdadera causa del conflicto.
«La guerra del ganadero con el lobo la hace la administración. Porque si proteges al lobo, tienes que pagar los daños. Lo que no puedes hacer es decir que proteges al lobo y que te haces cargo de las pérdidas cuando luego no es verdad».
La tecnología como prueba… que tampoco sirve
Fraguas ha intentado adaptarse a las exigencias administrativas. Para ello ha equipado gran parte de su ganado con collares GPS. Cada dispositivo cuesta alrededor de 100 euros y requiere además un mantenimiento mensual. Solo en ese concepto asegura gastar más de 600 euros al mes, aparte de cada GPS. Gracias a estos dispositivos puede controlar la actividad de los animales prácticamente en tiempo real.

«Cuando veo que un animal queda parado mucho tiempo en un lugar, sospecho que algo ha ocurrido. Muchas veces voy y me encuentro que fue atacado».
La normativa establece que una reclamación debe presentarse dentro de las 72 horas posteriores al ataque. Daniel sostiene que los GPS permiten conocer con precisión cuándo ocurrió la muerte.
«Yo sé exactamente cuándo cayó el collar o cuándo el animal dejó de moverse. Pero luego vienen los expertos y me dicen que lleva más de 72 horas muerto».
Su indignación aumenta cuando explica que, incluso mostrando los datos de los collares, las conclusiones oficiales no siempre cambian.
«Cuando les digo que el GPS marca la hora exacta, me responden que quién sabe si ese collar lo llevaba realmente ese animal. Entonces uno siente que se están riendo de nosotros».
145 animales muertos
Según los registros de Daniel, el primer ataque en la zona se produjo el 28 de diciembre de 2024, coincidiendo con el Día de los Santos Inocentes. Desde entonces, asegura haber perdido 145 animales. Y la situación no parece mejorar.

«Solo desde marzo hasta hoy llevo 27 animales desaparecidos o muertos que no he podido justificar».
Muchas de esas pérdidas corresponden a potrillos recién nacidos, en algunos casos apenas quedan restos.
«Cuando atacan tres o cuatro lobos a una cría de menos de veinte kilos, desaparece prácticamente todo. Después llegan los jabalíes y terminan de consumir lo que queda».
Incluso relata situaciones en las que solo ha encontrado el collar GPS destrozado.
«He encontrado collares completamente mordidos y rotos por los dientes del lobo. Pero esos animales quedan fuera porque solo aparecen algunos huesos».
El impacto sobre las yeguas de monte
Una de las mayores preocupaciones de Fraguas tiene que ver con el ganado de monte, las tradicionales yeguas gallegas que viven prácticamente en libertad y que forman parte de celebraciones ancestrales como la Rapa das Bestas.

«Son animales bravos. No nos interesa domesticarlos porque forman parte de una tradición centenaria».
Precisamente esa condición dificulta enormemente el control de los partos y de las crías.
«Tú vas viendo qué yeguas están próximas a parir. Vuelves unos días después y descubres que ya parieron, pero la cría no aparece por ningún lado».
Según explica, los lobos parecen haber aprendido a aprovechar ese momento de máxima vulnerabilidad.

«Están esperando a que la yegua pare. Se llevan al potrillo y, en ocasiones, también atacan a la madre».
El relato adquiere tintes dramáticos cuando recuerda algunos casos recientes.
«La última yegua tuvimos que sacrificarla. Estaba destrozada. Su hija había sido comida y ella quedó gravemente herida».
Ni mastines, ni vallados, ni campanas
Durante años, los ganaderos han probado distintas medidas preventivas para reducir los ataques. Daniel asegura haber experimentado prácticamente todas.
«Metimos mastines. También border collies para ayudarles. Los lobos me mataron tres mastines y dos border collies».
Tampoco funcionaron los vallados eléctricos.

«Al principio funcionaron porque el ruido les daba miedo. Después se acostumbraron
«Siempre encuentran una manera de entrar».
En 2022 colocó campanas a los caballos.
«Al principio funcionaron porque el ruido les daba miedo. Después se acostumbraron».
Algo parecido ocurrió con los GPS. «Al principio parecía que les llamaban la atención y mantenían distancia. Pero duró poco».
La conclusión a la que ha llegado es contundente.
«Todo funciona durante un tiempo. Hasta que el lobo pierde el miedo».
Una tradición en peligro
Cuspedriños es una de las localidades gallegas donde la cultura del caballo de monte sigue profundamente arraigada. La Rapa das Bestas forma parte de la identidad de la zona y constituye mucho más que una actividad ganadera.

«Yo la vivo desde pequeño. Es una tradición que forma parte de nuestra vida».
Sin embargo, teme que el aumento de los ataques termine desanimando a muchos criadores.
«Hay ganaderos que ya han dado por perdidos los caballos que tienen en el monte porque no pueden estar vigilándolos continuamente».
La situación afecta además a otras especies.
«Hoy nadie quiere tener ovejas, cabras o cerdos en estas zonas».
Un papel clave en la prevención de incendios
Más allá de la actividad económica y cultural, Daniel recuerda otro aspecto que considera fundamental. Los caballos de monte desempeñan una función ambiental de primer orden.
«Llevan años ayudando a controlar la vegetación y a prevenir incendios porque limpian el monte».
La desaparición progresiva de estos animales podría tener consecuencias que irían mucho más allá de las explotaciones ganaderas.
«Todo esto forma parte de una cadena. Si acabamos con el ganado de monte, al final también afectaremos al propio lobo».

Antes se perdían tres o cuatro animales al año
Daniel recuerda una Galicia muy distinta durante su infancia.
«Cuando yo era pequeño, si había niebla o lluvia, a veces el lobo mataba alguna oveja. Mi abuelo iba a buscarlo con la escopeta». Las pérdidas existían, pero eran excepcionales.
«Perdías tres o cuatro ovejas en un año». Hoy, asegura, esa cifra puede alcanzarse en una sola jornada. «Ahora tres o cuatro ovejas las puedes perder en el mismo día».
También rememora una antigua tradición gallega prácticamente desaparecida: El Foso do Lobo. «Los vecinos se organizaban, hacían ruido por el monte y empujaban al lobo hasta una gran trampa de piedra donde quedaba encerrado».
Eran otros tiempos y otra forma de gestionar la convivencia con el depredador.

Una llamada desesperada
Mientras las cifras de animales muertos continúan creciendo, Daniel Fraguas insiste en que no busca la desaparición del lobo. Su mensaje apunta directamente a quienes diseñan las políticas de conservación.
«Si quieren proteger al lobo, que lo protejan. Pero que cumplan con lo que prometen».
Asegura que seguirá utilizando GPS, presentando denuncias y reclamando compensaciones, aunque reconoce sentirse cada vez más frustrado. «Mi problema no es el lobo. Mi problema es que quienes dicen hacerse cargo de los daños luego no lo hacen».

Desde los montes de Cuspedriños, donde hace apenas unos días aparecieron nuevas víctimas, su testimonio refleja una realidad compleja y profundamente emocional: la de quienes conviven diariamente con un depredador protegido mientras sienten que sus pérdidas no encuentran respuesta suficiente.
Una realidad que, más allá de las posiciones enfrentadas en torno al lobo ibérico, plantea una pregunta de fondo: ¿cómo lograr que la conservación de una especie y la supervivencia de quienes viven del campo puedan coexistir sin que una de las partes se sienta abandonada?.
Esperemos que los responsables, puedan responderla a tiempo…


