Monique van der Horst: la mujer que aprendió de sus errores para escuchar a los caballos
De aquella niña que galopaba por los alrededores de L’Estartit sobre un caballo español llamado Festivo a la creadora de Equierrores hay toda una vida dedicada a intentar comprender al caballo. Monique van der Horst no habla de fórmulas mágicas ni de verdades absolutas. Habla de observar, escuchar, equivocarse y volver a empezar. Porque, para ella, el caballo siempre tiene la última palabra.
Una infancia marcada por los caballos
Hay recuerdos de infancia que no necesitan demasiadas explicaciones. Permanecen en la memoria por una sensación, por un olor, por una imagen. Para nos , uno de esos recuerdos tiene cuatro patas, unas crines larguísimas y se llama Festivo.
Tenía apenas cinco o seis años cuando la subieron por primera vez a aquel caballo español tordo. Su hermana ya montaba y alguien decidió colocarla sobre el caballo y llevarla a galopar por los alrededores de L’Estartit, en Gerona. Monique recuerda poco de aquel día, pero recuerda perfectamente lo esencial: la emoción.
“Casi me hacía llorar de emoción”, nos cuenta.
Aquella primera experiencia tuvo también algo de miedo. Era una niña pequeña frente a un animal enorme, poderoso y lleno de reacciones que todavía no sabía interpretar. Y quizá ahí, sin saberlo, comenzó una de las grandes preguntas que marcarían su vida: ¿cómo podemos acercarnos a un caballo si todavía no sabemos leerlo?

Cuando el caballo se convierte en maestro
Poco después llegaron las excursiones, las yeguas, los ponis y las largas horas a caballo. A los ocho o nueve años ya tenía un caballo con el que recorría durante horas los caminos y pueblos de los alrededores. Galopaba sola, se detenía bajo una higuera para comer higos y vivía los fines de semana entre caballos y amigos.
Aquella no fue simplemente una afición infantil. Fue una infancia a caballo.
Con el tiempo llegó la decisión de convertir aquella pasión en profesión. Dejó los estudios y comenzó un curso técnico de monitor. Y fue durante ese proceso cuando apareció uno de los caballos que cambiaría definitivamente su manera de entender la equitación.
Era pequeño, estaba mal conformado y tenía un carácter complicado. No era precisamente el caballo que cualquiera habría escogido para aprender. Pero Monique decidió trabajar con él.
Al principio aquel caballo prácticamente no sabía girar. Galopaba descontrolado por una pista de 20 por 60 metros y quienes lo veían trabajar no entendían de dónde había salido semejante animal.
Sin embargo, meses después, aquel mismo caballo se había convertido prácticamente en un caballo profesor. Podía hacer espalda adentro, apoyos, cambios de pie simples y pequeños saltos.
Y ahí Monique descubrió algo que terminaría siendo fundamental en su filosofía: hacer un caballo no consiste simplemente en conseguir que obedezca. Consiste en darle las herramientas físicas y psicológicas necesarias para que pueda comprender y realizar aquello que le pedimos.
Creía que estaba educando al caballo. Con el tiempo comprendió que era el caballo quien la estaba educando a ella.

El caballo siempre está hablando
Los caballos difíciles le enseñaron la importancia de la claridad. Si aquel caballo tenía dificultades físicas para girar, equilibrarse o avanzar sin correr, ella debía encontrar una manera mucho más clara de comunicarse. Tenía que facilitarle las respuestas, no complicárselas.
Cada caballo difícil fue dejando una herramienta en su particular caja de recursos.
Y esa caja fue creciendo.
Para Monique, uno de los grandes errores de los seres humanos cuando se relacionan con los caballos es algo aparentemente sencillo: no observar.
El caballo observa desde mucho antes de que nosotros pensemos que estamos interactuando con él. Nos escucha, nos huele y percibe nuestra presencia. Sin embargo, muchas veces llegamos pensando en lo que queremos hacer nosotros y no en cómo está el caballo.
Queremos darle una golosina, acariciarlo o prepararlo, pero no nos preguntamos si en ese momento está relajado, tenso, preparado o incluso invadiendo nuestro espacio.
“Muchas veces terminamos premiando comportamientos que no queremos”, explica.
Para Monique, el caballo no está siendo malo cuando invade nuestro espacio. Está siendo caballo. Y precisamente por eso tenemos que aprender a interpretar su lenguaje.
El problema puede llegar incluso antes de poner el pie en el estribo. Un jinete que llega al paddock mirando el teléfono móvil ya ha perdido una parte importante de la conversación. El caballo lleva mucho tiempo observándolo mientras su humano todavía está pendiente de la pantalla.
La equitación, por tanto, comienza mucho antes de montar.

Pie a tierra: la primera conversación
Por eso Monique concede tanta importancia al trabajo pie a tierra. No lo entiende únicamente como una técnica, sino como una oportunidad para conocer al caballo.
Es allí donde podemos observar cómo reacciona ante nuestra energía, nuestra intención, la presión y la relajación. Es también el momento en que caballo y humano empiezan a establecer unas reglas de convivencia.
Después, cuando llega el momento de montar, esa conversación debería continuar.
Para Monique, pretender que un caballo responda perfectamente a nuestras ayudas cuando hemos ignorado su comportamiento desde el momento en que lo hemos ido a buscar es una contradicción.
La equitación es mucho más que subirse encima de un caballo y pedirle que gire, pare, trote o galope.

Entre la exigencia y la libertad: el mito del 8 y el 80
Quizá una de las ideas más interesantes de su filosofía sea la que denomina el “mito del 8 y el 80”.
El 8 representa el extremo de la dureza: el caballo tiene que obedecer porque el humano manda.
El 80 representa el extremo contrario: no hay que molestar al caballo, no hay que exigirle nada que no quiera hacer y debemos dejar que decida prácticamente todo.
Para Monique, ninguno de los dos extremos supone realmente escuchar al caballo.
La alternativa es mucho más exigente: enseñarle a convivir con nosotros y hacerlo utilizando un lenguaje que pueda comprender.
El caballo debe tener una función y una responsabilidad dentro del trabajo, pero el jinete también tiene la suya. En salto, el caballo debe superar el obstáculo; el jinete debe crear las condiciones para que pueda hacerlo. En doma ocurre algo parecido.
No se trata de mandar ni de consentir.
Se trata de trabajar juntos.

De los errores al conocimiento compartido
Equierrores: una palabra que nació de los errores
Monique se define, con cierta ironía, como la “Equierror número uno”. No porque crea que todo lo haya aprendido equivocándose, sino porque sabe que sus errores han sido una fuente extraordinaria de aprendizaje.
Un error con un caballo no es como equivocarse al chutar un balón. El caballo es un ser vivo y nuestros errores pueden tener consecuencias importantes.
Por eso, cuando algo sale mal, Monique se pregunta qué ha ocurrido. Observa. Compara. Prueba otra cosa. Descarta lo que no funciona y guarda aquello que sí.
Con los años ha aprendido que equivocarse no es el mayor problema.
El verdadero problema es dejar de hacerse preguntas.
¿El caballo está disponible? ¿Está entendiendo? ¿Estoy siendo clara? ¿Está equilibrado física y mentalmente? ¿Está preparado para comprender lo que le estoy pidiendo?
Mientras esas preguntas sigan existiendo, continúa el aprendizaje.

De aprender a enseñar
La vocación de enseñar estaba presente desde muy joven. Primero llegó la experiencia con numerosos caballos y profesionales, después los alumnos y las competiciones. Más tarde, cuando nacieron sus hijos, la vida familiar hizo que tuviera que detener parcialmente el trabajo presencial.
Fue entonces cuando comenzó otra etapa.
El blog de Equierrores empezó a crecer. Llegaron preguntas, correos y personas que explicaban sus problemas con los caballos. Monique comenzó a ayudar a distancia, haciendo preguntas, analizando situaciones y proponiendo soluciones.
Después llegaron los cursos, las clases online, Zoom y finalmente Equierrores Directo, un sistema de formación continua en el que los alumnos pueden seguir trabajando distintos aspectos de la equitación.
La tecnología cambió el escenario, pero no cambió el objetivo: ayudar a las personas a entender mejor a sus caballos.
Porque esa es, probablemente, la esencia de toda la historia de Monique van der Horst.
No pretende presentarse como alguien que lo sabe todo. Más bien lo contrario.
Su experiencia le ha enseñado que cada caballo obliga a volver a mirar, a pensar y, en ocasiones, a reconocer que la herramienta utilizada no era la adecuada.

Para mejorar la relación con tu caballo : «Aprender su idioma»
Al final de la conversación, cuando se le pregunta qué consejo daría a alguien que quiera construir una buena relación con su caballo, Monique no necesita demasiadas palabras.
Su respuesta resume décadas de experiencia:
“Aprende su lenguaje”.
Observar cómo se comportan entre ellos. Entender la presión y la relajación. Aprender a reconocer una intención, una señal, una invasión de espacio o una invitación.
Y comprender algo esencial: cuando el caballo responde, la presión debe desaparecer.
Es un principio sencillo, pero detrás de él hay toda una filosofía.
Hablar el lenguaje del caballo no significa convertirse en caballo. Significa aprender a comunicarse utilizando señales que tengan sentido para él.
Después vendrá el trabajo montado, el asiento, las ayudas, la disciplina y la técnica. Pero la conversación ya habrá comenzado.

Quizá por eso la historia de Monique no sea solamente la historia de una amazona, una entrenadora o una profesora. Es la historia de alguien que comenzó enamorándose de un caballo tordo de crines largas y que, muchos años después, continúa buscando la misma respuesta que aquella niña todavía no podía formular:
¿Qué me está diciendo el caballo?
La diferencia es que ahora sabe que nunca habrá una respuesta definitiva.
Porque mientras haya caballos, habrá preguntas.
Y mientras sigamos haciéndonos preguntas, todavía tendremos algo que aprender.


