Chile profundo

Chile profundo: una vida de campo donde el caballo sigue siendo familia

En el cordón Tricauco, al pie de la cordillera una familia mantiene viva una relación ancestral con el caballo.
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Viajar por el mundo ecuestre tiene algo que nunca deja de sorprenderme: el caballo siempre es una excusa para llegar a las personas. Cada país, cada territorio, guarda una historia distinta que se cuenta —casi sin palabras— desde la relación entre el ser humano y el animal. En Chile, esa historia se entiende de verdad cuando uno se interna en lo profundo del campo, el de cordillera, el que no aparece en los mapas turísticos.

Hasta allí llegué para visitar a una familia oriunda del cordón Tricauco, cerca de la frontera con Argentina, en la comuna de Santa Bárbara. Un territorio áspero y hermoso a la vez, rodeado de frondosos bosques de árboles nativos, como el Roble, el Coihue, el Lingue, y tantos otros.  Un lugar donde la naturaleza impone sus reglas con inviernos duros y veranos exigentes. Lugares donde la vida no es sencilla y donde, precisamente por eso, el caballo fue —y sigue siendo— parte esencial de la supervivencia.

El oficio del campo y la memoria de la lana

Textiles de Audilla Sandoval, son algo más que artesanía: son memoria viva

Hoy la familia ya no vive en lo alto de la cordillera, sino al pie de ella. Pero su forma de vida sigue siendo profundamente campesina y sorprendentemente sustentable. Una gran huerta, animales de corral, el aprovechamiento responsable de sus propios bosques y un conocimiento transmitido de generación en generación que no se aprende en ninguna escuela.

Audilia Sandoval es el alma de la casa, de mirada tierna y sonrisa fácil. La encontramos doblando una manta de lana, para la silla del caballo. Muchos de sus trabajos textiles, los hace con la lana de sus propias ovejas, y son algo más que artesanía: son memoria viva. Aprendió a hilar, y a tejer por necesidad, para vestir a la familia y protegerlos del frío cordillerano, hoy continúa ese oficio como herencia y tradición. Telas de colores intensos, alforjas para llevar en el caballo, piezas que se colocaban directamente sobre el lomo para montar cuando en el campo no abundaban las sillas de montar. Objetos pensados para durar generaciones enteras, muy lejos de nuestro mundo de consumo rápido, de los “malls chinos”.

El caballo como compañero de vida

José Bartolo Ortiz, el padre de familia, encarna esa versatilidad que solo se da en el campo. Tan pronto sale a trocear un roble con hacha firme, como ensillar un caballo con riendas de cuero preparadas por él mismo. Maderas caídas por el viento se transforman en mesas sólidas; el cuero vacuno, trabajado con paciencia, se convierte en aperos y calzado.

Entre esos objetos destacan los zapatos de cuero crudo, utilizados por los hombres de la cordillera para montar a caballo o caminar durante horas, incluso sobre la nieve, siguiendo al ganado para recogerlo. Piezas simples, resistentes, pensadas para soportar condiciones extremas y para acompañar una vida entera de trabajo a la intemperie.

El caballo no aparece aquí como espectáculo, sino como compañero silencioso. Lo vi en una imagen que resume toda esta crónica: José Bartolo, abrazado a una yegua mientras pasta tranquila en el campo. No hay poses ni artificios, solo una relación construida a lo largo de toda una vida.

José Bartolo, abrazado a una yegua mientras pasta tranquila en el campo

Volver siempre al origen

Los hijos crecieron en este entorno de trabajo duro y valores claros. Sus padres se esforzaron para darles una educación que les permitiera abrirse camino en el mundo actual. Hoy son profesionales que viven en grandes ciudades, pero apenas pueden regresan al campo. Volver a cosechar, sembrar, ayudar en las faenas y compartir con sus padres esos trabajos que les devuelven, inevitablemente, a la infancia.

Jose Ortiz, asando cordero en el fogon familiar

La vida aquí se rige por otros ritmos. El tiempo no apura, acompaña. Ese día, el fuego avanzaba lento en el fogón típico del sur de Chile, con las ollas colgando de cadenas desde las vigas de madera y las brasas reposando sobre una cama de arena. Antes de sentarnos a la mesa, Audilia nos recibió con un aperitivo sencillo y perfecto: una tortilla de rescoldo —pan chileno cocido directamente en las brasas— y huevos recogidos minutos antes.

Al final, una selfie alrededor de la mesa quedó como recuerdo de algo más profundo que una visita

Al final, una selfie alrededor de la mesa quedó como recuerdo de algo más profundo que una visita: José padre, José hijo y Audilia, compartiendo un momento de comunidad real. En estos lugares la desconfianza no tiene espacio. Hoy te ayudo yo, mañana me ayudarás tú. Así se vive en territorios aislados, donde la cooperación es una forma de supervivencia y la bondad surge de manera natural, sin esperar nada a cambio.

Visitar el Chile profundo desde el mundo ecuestre deja una huella difícil de borrar. Sacrificio, respeto por la naturaleza, trabajo bien hecho y una relación con el caballo que no necesita ser explicada. Simplemente se vive. Y en ese vivir, uno aprende mucho más de lo que imaginaba venir a contar.