Elene Andrés Sanz: entre el silencio de la hípica y la intensidad del salto
En Cuarte de Huerva, provincia de Zaragoza, donde la ciudad empieza a diluirse en campos abiertos y caminos de tierra, existe un lugar que no se mide en kilómetros sino en sensaciones. La hípica de Jesús y Petra no es solo un centro ecuestre: es un refugio. Un espacio donde el tiempo se desacelera, donde el aire parece más limpio y donde el sonido dominante no es el tráfico, sino el viento rozando las hojas y el acompasado resoplar de los caballos.
Aquí, la experiencia comienza antes incluso de ver a los animales. Se escucha primero: pájaros que marcan el ritmo del día, el crujido suave de las ramas, el eco lejano de cascos sobre la tierra. Es un silencio lleno, nunca vacío. Un silencio habitado.

Caminar por la hípica es recorrer un equilibrio delicado entre naturaleza y cuidado humano. Más de treinta caballos habitan este espacio, cada uno con su historia, su carácter, su pasado. Algunos en plena actividad, otros retirados, viviendo con la serenidad que ofrece el tiempo cuando ya no se exige nada.
Jesús, su responsable, sostiene una filosofía poco común: cuidar a los caballos incluso cuando dejan de ser “útiles”. Su particular “geriátrico” no es solo un gesto de compasión, sino una declaración de principios. Aquí, el valor del caballo no se mide en resultados.
La amazona en la quietud
En medio de este entorno, donde todo invita a la pausa, encontramos a Elene Andrés Sanz. Podría parecer una contradicción: una deportista de alto nivel en un lugar donde reina la calma. Pero precisamente ahí reside el equilibrio.
Elene prepara a Emilson con movimientos precisos, casi rituales. Cada gesto —colocar la silla, ajustar la cincha, revisar los detalles— forma parte de un lenguaje silencioso entre Amazona y caballo.

La historia de Elene Andrés Sanz, no comenzó aquí, ni en la calma. Comenzó entre caídas, miedo y una insistencia casi obstinada por volver a intentarlo. Desde muy pequeña, Elene entendió que montar no era solo subirse a un caballo, sino aceptar una relación imprevisible.
Las caídas —algunas severas— marcaron su infancia, pero no la definieron. Hubo miedo, sí, pero también una atracción más fuerte:
“Los quería ver, pero no me acercaba… hasta que poco a poco volví.”
Ese regreso constante, ese avanzar retrocediendo, es quizá el rasgo más claro de su carácter.

Del miedo al respeto
La hípica, con su aparente tranquilidad, es también un lugar donde se aprende a gestionar lo invisible: la tensión, la incertidumbre, la energía de un animal que piensa y decide.

Elene lo resume con precisión: “No es miedo, es respeto.”
Un respeto que no paraliza, sino que afina. Que obliga a escuchar, a anticipar, a leer lo que no se dice. En un entorno como este, esa sensibilidad se vuelve aún más evidente. Aquí no hay distracciones: solo el binomio y el momento presente. Emilson, su compañero de competición, observa. Hay algo en su mirada que parece entender más de lo que aparenta. No fue un flechazo inicial, sino una relación construida con tiempo, errores y aprendizaje. Un caballo complejo, con carácter, de esos que obligan a crecer.
“Ahora es mi tesoro.”
En la pista pueden ser velocidad, técnica y precisión. Pero aquí, en la cuadra, son otra cosa: complicidad, paciencia, rutina. Elene le habla, le corrige, le entiende. Y él responde, a su manera…
Competir desde la calma

Resulta casi paradójico que desde un lugar tan sereno se proyecte una carrera deportiva tan intensa.
Elene viene de lograr un segundo y un tercer puesto en el CSN3* Real Club de Polo de Barcelona, de este último fin de semana de marzo, un entorno radicalmente distinto: ruido, presión, velocidad.
Y sin embargo, es aquí donde se construye todo eso.
La diferencia entre entrenar y competir, entre controlar y soltar, entre escuchar y reaccionar, se trabaja en espacios como este.
Donde el tiempo no apremia y donde cada error se puede comprender.
Más allá del caballo: una forma de estar
Elene no solo compite. Estudia enfermería, proyecta terapias asistidas con caballos, imagina un futuro donde el vínculo con el animal sea también una herramienta para otros.
Y quizás no sea casualidad.
Porque en lugares como esta hípica, uno entiende que el caballo no solo se monta. Se escucha. Se acompaña. Se respeta.

Y entre el murmullo del viento en los árboles, el canto intermitente de los pájaros y el ritmo constante de los cascos sobre la tierra, Elene Andrés Sanz sigue construyendo su camino.
No solo hacia el podio.
Sino hacia algo mucho más difícil de definir: el equilibrio entre la calma y la intensidad, el alma y el cuerpo, lo humano y lo animal…


