En plena noche del gran incendio del Biobío, un hombre y una yegua avanzan por una carretera rodeada de llamas en Lirquén. El sonido de los cascos sobre el asfalto y una voz que clama a Dios acompañan una huida imposible. Él es Óscar Neira. Ella Lucero, una yegua que decidió no marcharse.

El 17 de enero, la Región del Biobío fue golpeada por uno de los incendios forestales más devastadores de los últimos años. El fuego avanzó con violencia hacia zonas urbanas, dejando al menos 21 personas fallecidas, miles de familias desplazadas y cientos de viviendas destruidas.
Junto al drama humano, innumerables animales domésticos y de compañía quedaron atrapados sin posibilidad de escape.
En ese escenario extremo, un video grabado en plena emergencia comenzó a circular masivamente por redes sociales. En él se escucha el sonido de los cascos de un caballo sobre el asfalto, el viento empujando las llamas y la voz de un hombre que reza mientras avanza entre humo y fuego por una carretera costera de Lirquén.
Ese hombre es Óscar Neira Arriagada, y desde el canal del caballo, fuimos en su búsqueda.
El dueño de la yegua y el límite del cuerpo
Horas antes, Bernardo Henriquez, dueño de la yegua, había intentado rescatarla cuando el incendio ya alcanzaba su sector.

“Las pesebreras se estaban quemando. Logré sacarla y soltarla para que escapara, pero el calor y el humo me pasaron la cuenta”.
Bernardo sufrió un colapso físico, se desplomó y debió ser auxiliado por sus vecinos. Lo metieron en una camioneta y lo sacaron hasta la ciudad vecina de Penco. “Pensé que me iba a morir. Cuando ya me pude incorporar y fui a refrescar mi cara en el baño y me vi en un espejo, tenía la cara negra, como si hubiera salido de una mina”.
La yegua desapareció entre el fuego. Bernardo creyó que no había sobrevivido.
El encuentro en medio del incendio
Mientras tanto, Óscar Neira intentaba proteger su vehículo con una manguera cuando el incendio ya rodeaba completamente el sector.
“De repente, sin darme casi cuenta, el fuego estaba encima. El humo no dejaba respirar, el calor quemaba”.
En ese momento, algo inesperado ocurrió. “Miro para el lado y veo una yegua que se me acerca. Yo tenía la manguera en la mano y le echaba agua al auto y a la yegua”.

El animal llevaba una cuerda atada al cuello. Eran cerca de las 23:30 horas.
“Yo le decía que se fuera, que arrancara, que no se quedara ahí porque se iba a quemar. ‘Váyase, váyase’, le gritaba. Pero no se movía. Me miraba y se quedaba”.
El fuego avanzaba en oleadas empujadas por el viento. El calor era insoportable. Aun así, la yegua permanecía a su lado.“Yo no la conocía, nunca la había visto antes. Pero se plantó conmigo y no se fue”.
“Si usted se muere, yo me muero con usted”
Cerca de las dos de la madrugada, el incendio ya comenzaba a consumir los edificios frente a ellos.
“El fuego se levantaba por encima de nosotros. Ya no daba más”.
Fue entonces cuando Óscar tomó una decisión definitiva.
“La agarré y dije: ‘Ya, nos vamos los dos. Porque a usted no la puedo dejar aquí. Si usted se muere, yo voy a morirme con usted’”.

Juntos iniciaron el descenso por el camino hacia Tomé, pero en dirección a la playa de Lirquén. Todo alrededor era fuego, humo y chispas cayendo del cielo.
Durante la bajada, un vehículo —posiblemente de emergencia— apareció entre la humareda.
“No nos vio. Venía despacio, gracias a Dios, y alcanzó a tocar a la yegua. No fue fuerte, no le hizo daño”.
El vehículo continuó su camino. Óscar y la yegua siguieron avanzando.
Los cascos en la carretera
Óscar sacó su teléfono. Pensó que no saldría vivo. Comenzó a grabar.

En el audio se escucha el viento, el crepitar del fuego y el sonido firme de los cascos sobre el asfalto. Y su voz, serena y quebrada a la vez, rezando mientras avanzan:
“Se está quemando Lirquén, Señor…
Ayúdenos a salir de este fuego…”
No llevaba ropa de protección, la chaqueta quedó marcada por las chispas.
Él no sufrió quemaduras.
Lucero apenas chamuscó sus pestañas.
—No hay explicación humana para eso —dice—. Yo sé que Dios nos cubrió.
En la Playa
Al llegar a la playa, personal de la Armada ayudaba a evacuar a quienes descendían buscando refugio.
Le indicaron un portón abierto.
Óscar se detuvo.
—Vengo con una yegua —dijo—. No la puedo abandonar.
Lo dejaron pasar.
Amarró a Lucero cerca del muelle, a unas piedras. A salvo.
Le hablaba en voz baja.
—Ya estamos bien —le decía—. Ya nos salvamos.
Más tarde, cuando volvió a llamarla desde unos 25 metros de distancia, Lucero respondió con un relincho al reconocer su voz.

En los grandes incendios quedan cifras, causas y responsabilidades.
Pero también quedan historias pequeñas, silenciosas, que hablan del vínculo más antiguo entre el ser humano y el caballo.
Esa noche, en Lirquén, Lucero pudo huir. Pero eligió quedarse.
Y un hombre, que no la conocía, decidió no dejarla sola. Juntos caminaron entre el fuego hasta encontrar el mar.



