Tres yeguas y un nuevo horizonte
Después de más de doce mil kilómetros de viaje, cruzando el Atlántico desde el centro de Chile hasta las praderas francesas, tres jóvenes yeguas de raza chilena —Violena, de cuatro años; Rosalía y Rodolfina, de tres— llegaron por fin a su nuevo hogar en la región del Limousin.
El largo trayecto, de veintiocho horas de transporte, dejó huellas visibles en su ánimo. Al bajar del camión, sus miradas denotaban nerviosismo y recelo ante los nuevos rostros que las recibían. El camión se detuvo al borde del prado. Al abrirse la compuerta, el aire fresco de Francia se mezcló con el polvo del viaje. Sus ojos, grandes y oscuros, se movían inquietos, aún sin entender que el trayecto había terminado.

Las tres respiraban con recelo, tensas, oliendo lo desconocido. Pero bastó que el viento les trajera el olor del pasto nuevo para que la desconfianza se deshiciera como una nube. Violena fue la primera en bajar, con ese paso sereno y firme que sólo tienen los animales que saben quiénes son. Rosalía y Rodolfina la siguieron, más cautas, pero con la misma curiosidad temblando en el hocico.
El eco del viaje y el olor del pasto nuevo
Al soltarlas, el instinto hizo lo suyo: hundieron los labios en la hierba y probaron el sabor dulce y tierno de las praderas del Limousin. Luego, casi sin aviso, una de ellas brincó, y las otras la siguieron, galopando con fuerza, haciendo resonar el campo con su alegría contenida. Corrían, saltaban, se detenían a mirar, a olfatear, a reconocerse en este nuevo paisaje.

La tarde cayó lentamente sobre el Limousin, y al llegar la noche, las tres se apiñaron en grupo, buscando el abrigo mutuo y la seguridad compartida. Todo era nuevo: los aromas, el aire más húmedo, y sobre todo los sonidos —tan distintos de los que estaban acostumbradas a oír del otro lado del océano. Las observé largo rato desde la cerca, hasta que la luz se volvió espesa y el campo se quedó dormido.
La primera mañana
La primera mañana las encontró despiertas, con las orejas erguidas, atentas al golpeteo rítmico de un carpintero verde.

De tanto en tanto, el ave interrumpía su labor para dejar escapar su peculiar canto, un sonido que se asemeja a un relincho y que, para las recién llegadas, parecía casi una bienvenida.
Violena, Rosalía y Rodolfina lo buscaban con la mirada entre los pinos cercanos, como intrigadas por ese nuevo compañero. Las imaginé pensando que aquel sonido, tan familiar y tan ajeno a la vez, era una especie de saludo, una bienvenida a esta nueva vida.

Me acerqué despacio, como quien no quiere romper un hechizo. A diferencia del día anterior, no se apartaron. Violena me miró, luego avanzó un par de pasos. Rosalía y Rodolfina la siguieron. En pocos minutos, ya las tenía cerca, respirando el mismo aire, dejándose tocar. El miedo había quedado atrás. Les mostré el establo que sería su refugio: entraron una a una, olfateando, mirando con esa mezcla de curiosidad y reserva que sólo tienen los animales recién llegados. Una de ellas, la más atrevida, dejó su marca, una señal inequívoca de que aceptaba el lugar.
Conociendo a las Vecinas
Cuando volvimos al prado, algo llamó su atención. A lo lejos, en el campo vecino, una manada de vacas de Limousin acababa de ser liberada. Los animales, grandes y de pelaje bayo, avanzaban lentos, masticando sin prisa. Mis tres yeguas quedaron inmóviles, observando aquella escena con asombro y cierta inquietud. Se miraban entre ellas como buscando explicaciones: ¿de dónde salieron esas criaturas? ¿Eran amigas o rivales? Avanzaban unos pasos, retrocedían otros, hasta que Violena, siempre al frente, soltó un resoplido largo, como si quisiera decirles que no había peligro.


El alma del caballo chileno en tierras lejanas
Las vi así un buen rato, tres siluetas nuevas en un paisaje antiguo, reconociendo su lugar en el mundo. Su primer día lleno de descubrimientos y contrastes, pero también de adaptación.
La raza chilena, forjada durante siglos en un país de geografías extremas —donde conviven el desierto más árido del mundo con los hielos eternos de la Patagonia—, parece tener grabada en su ADN una capacidad natural para adaptarse. Estas yeguas, acostumbradas al frío y al calor, a la montaña y al valle, a la estepa seca o al prado verde, están llamadas a sentirse pronto en casa aquí, en este nuevo rincón del mundo donde el verde del Limousin les da la bienvenida.

Pensé entonces en la fuerza silenciosa de su raza, porque hay algo en el alma del caballo chileno que entiende los cambios: sabe leer el viento, sabe dónde está el norte, y sobre todo, sabe cuándo ha llegado a casa.


