Juan Pablo Saiz : A través del ojo del caballo
Por décadas, la doma ha sido contada desde la mirada humana: destrezas, técnicas, herencias familiares, disciplinas. Pero Juan Pablo Saiz, conocido en Instagram como @juandomador, ha invertido la dirección de esa narrativa. Su vida no es la historia de un hombre que doma caballos, sino la de un caballo —muchos caballos— que terminaron domándolo a él.
Su lema, “A través del ojo del caballo”, es más que una frase: es la síntesis de un camino espiritual, emocional y técnico que lo ha llevado a convertirse en una de las voces contemporáneas más interesantes de la doma racional en Colombia.

Una conexión sembrada a los 12 meses de vida
Juan Pablo cuenta que la primera chispa se encendió antes incluso de tener memoria consciente. Recuerda una foto suya montado, con apenas un año de edad, junto a su padre sobre un caballo negro. No era muy consciente pero ese momento jamás se le olvido:
“Ahí instalaron algo en mí, quedó guardado en esa caja de Pandora del subconsciente… ese sentir del caballo, esa seguridad que te entrega y que te forma como persona”.
Para él, la seguridad no llegó de palabras humanas, sino de la potencia silenciosa de un animal capaz de sostener su confianza antes de que aprendiera a hablar.
La Tartaria: origen, legado y revelación
Muchos años después, sin un plan claro más allá de encontrar paz, Juan Pablo decidió mudarse a La Tartaria, la finca familiar de 130 años donde su abuelo, José Joaquín Gómez, fue uno de los fundadores de las cédulas de caballos de paso fino colombiano.
La vida no tardó en mostrarle el camino y gracias a su primo, Antonio José Peralta, llegó a sus manos Castañuela, la primera yegua que tendría que domar.
No sabía si quería ser domador. Sabía, eso sí, que quería vivir cerca de los caballos.
Pero aquella yegua abrió la primera puerta.
“Domarla fue como cambiar una estrella… cada caballo es un mundo, y yo descubrí que quería dedicar mi vida a transformar esos mundos”, recuerda.
Castañuela se convirtió en la primera maestra. No la única.

Aprendizaje empírico, maestros silenciosos
Aunque hoy se asocia su nombre a la doma en libertad y a la búsqueda de una conexión emocional profunda con el caballo, Juan Pablo se formó de manera empírica.
Durante años, su academia fueron los potreros de la finca y los videos de YouTube del francés Jean François Pignon, referente mundial de la doma sin fuerza ni coerción.
“Los caballos fueron mis verdaderos maestros”, dice.
Con cada nuevo ejemplar entendía que lo que realmente estaba domando era su propio interior: la paciencia, la rabia, la ansiedad, el ego, los miedos.
Su profesión se transformó en obra y su obra en una práctica espiritual.

El día en que la vida se partió en dos
De todas las historias que han marcado su camino, una cambió su vida para siempre: el robo de ocho de sus caballos en La Tartaria, entre ellos Prioridad, una yegua especialmente querida.
Durante dos meses y medio, su vida se redujo a buscarlos. No comía, no dormía.
Caminó montañas, habló con campesinos, reconstruyó rutas de cuatreros y llegó a conocer mejor la manera en que huele, piensa y se oculta un caballo perdido que a cualquier pista humana. “Me estaba convirtiendo en un caballo”, confiesa.

Al quinto día ya sabía quién era el ladrón, pero demostrarlo y recuperarlos fue una batalla entre el bien y el mal, no solo afuera, sino dentro de él. La rabia lo empujaba por un camino; los caballos, por otro.
La historia terminó de forma inesperada: enfrentó al ladrón sin odio. Con respeto. Con perdón.
El hombre terminó devolviéndole tres caballos y compensando los otros cinco con ejemplares propios. El mensaje quedó tatuado: “Si crees en ti mismo y actúas desde el corazón, puedes lograr lo que te propongas. El camino correcto siempre nace del amor”. De esa vivencia nació el nombre de un proyecto que ya prepara como documental: “A través del ojo del caballo”.
Una obra épica sobre su propia transformación.
La doma contemporánea: volver al origen

Para Juan Pablo, la doma racional moderna —influenciada por figuras como Monty Roberts— no es una evolución, sino un regreso. Durante milenios, culturas como la india o la mongola entendían que al caballo se le convence, no se le somete. Con las guerras y la modernización, la relación se corrompió: más eficacia, menos sensibilidad. Hoy la humanidad despierta de nuevo a ese vínculo. “Lo que antes se veía normal, hoy lo vemos como maltrato. Estamos regresando al respeto original”.
Su línea de trabajo se basa en la libertad: convencer al caballo, no presionarlo. No entrar al picadero como un dominador, sino como un ser confiable. Movimientos lentos, respiración calma, cero gritos, cero prisas.
La confianza: el verdadero puente
La clave, dice, está en que el caballo crea en ti antes de tú pedirle algo a él.
Y eso no se logra con presión ni con premios artificiales. Juan Pablo insiste en evitar la antropomorfia, esa tendencia humana a tratar al caballo como si fuera un niño al que hay que consentir con zanahorias y caricias excesivas.
“Entre caballos no hay premios ni mimos. Dejémoslo ser caballo. Trabajemos a su lado, no desde encima de él”. La curiosidad es su aliada principal. La libertad, el terreno común.
La respiración compartida, el lenguaje.

El caballo como maestro absoluto
Para Juan Pablo Saiz, el caballo no es vehículo, herramienta ni simple compañía.
Es su maestro.
Su espejo.
Su brújula emocional.

Montar descalzo, sentir la tierra, sincronizar la respiración, leer orejas y músculos, permanecer en el presente absoluto… todo eso hace parte de un aprendizaje que va más allá de la técnica.
“El caballo me enseñó a domar mis emociones. A estar aquí y ahora. A ser mejor persona”.
Y ese es el mensaje que desea transmitir con su trabajo y su futuro documental:
que la doma no es un acto de control, sino un diálogo.
Que el verdadero domador es el caballo.
Que mirar a través de su ojo es una forma de entender el mundo… y de entenderse a uno mismo.


